El diagnóstico

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Es difícil evitar la sensación (porque se puede avalar con datos y certezas) de que estamos perdiendo en Lavapiés la batalla contra lo que venimos llamando gentrificación, que se puede resumir en una victoria en todos los planos (materiales, simbólicos…) del mercado sobre la vida.

Lavapiés no ha perdido su riqueza social, activista ni sus apuestas por espacios y modos de vida autónomos y, sin embargo, esa constelación de afirmación política radical no parece suficiente. Ni siquiera el ámbito institucional, que se podría considerar como el menos desfavorable de las últimas décadas, está operando de manera decidida como un agente activo contra la dinámica uniformadora del mercado. A veces, al contrario, como bien sabemos.

Somos mucha gente quienes nos preguntamos qué hacer en esta situación. Y mucha gente responde con sus propias iniciativas, lenguajes y ámbitos de prioridad. Si activáramos un medidor de energía, veríamos que son multitud los generadores alternativos, antagonistas, que están produciendo líneas de resistencia, pero si los confrontamos con los avances que las fuerzas institucionales o del mercado, también se puede apreciar el desequilibrio. Unas y otras fuerzas “gentrificadoras” (por llamarlas así) no siempre tienen un carácter externo o ajeno: la precariedad, la exclusión, la posición subalterna en la economía y en la riqueza urbana (el puro buscarse la vida) y la individualización forzosa conducen a situaciones contradictorias.

Nuestra pregunta es: ¿podemos hacer (más) cosas juntas o en común para que esas energías construyan contrapoder, autonomía ciudadana, autodeterminaciones vitales, conflictos y alternativas capaces de revertir el signo de la gentrificación y la turistización? (Y volvemos a usar esas palabras como tótem, aunque quizá fuera mejor ir pensando palabras más claras y rotundas, por más que ambas relaten una pieza clave del actual ciclo del capital).

No tenemos ninguna fe ni expectativa en construir modos de organización estables, rígidos, ni siquiera unitarios, uniformadores, pero sí pensamos que estamos ante un desafío que nos obliga a pensar cómo cooperar y enredarnos de tal manera que las acciones autónomas de unas y de otros y las acciones coordinadas posibiliten un cambio de tendencia: de la progresiva y silenciosa expulsión a la alternativa creativa, de la subalternidad precaria al control de la propia vida, de la invisibilización de las potencias del barrio a su constitución como un eje central y determinante de lo que ocurre y va a ocurrir en Lavapiés. Sin ningún ánimo conservador: poco hay del Lavapiés mitificado que sea defendible, más que la capacidad de sus gentes de proponer otro signo para los tiempos que vendrán. Hemos contado hasta la saciedad que el Lavapiés que se ha tratado de narrar oficialmente esconde precariedad, exclusión, pobreza, autoritarismo, dependencia, racismo institucional, políticas al servicio de los grandes y pequeños intereses mezquinos de la economía inmobiliaria, liberal y liberalizadora. No hay, pues, un Lavapiés al que volver, sino un Lavapiés cuya capacidad de autogobierno no sea interrumpida: un Lavapiés que decida por sí mismo sin la amenaza del poder, el miedo y la precariedad apuntando a nuestras cabezas.

Más allá de alguna satisfacción autorreferencial, entonces, vemos que esta larga batalla puede, esta vez sí, de modo material y cercano en el tiempo, perderse. La inclusión de Lavapiés en el mercado solo tiene un signo: expulsión económica de los sectores precarios, nosotros y nosotras mismas, migrantes o madrileñxs, mayores y no tanto, “de toda la vida” o recienllegadxs, con curros estables o temporales, con vidas insumisas o normalizadas…

Os invitamos, entonces, a generar un espacio desde el que hablar, analizar, programar, actuar y proponer un marco alternativo, con una agenda propia, con los propios análisis y demandas, con las propias soluciones. Y como no sabemos cómo, os invitamos, precisamente, a juntarse y pensar en común.